El vicio del tango puebla. Despabilados, fabricando
nocturnidad en los bares, pariendo música por ahí, andan los
tangueros celebrando la vida. Se agarran a la tierra con los pies
desnudos, la penetran con sus notas, como violándola y limpiándola
de tanta gringada. Avanzando con la seguridad de los que saben si
van o vienen de la fiesta, ellos van. Siempre.
Y la tierra se enamora de estos hombres que, lejos de negar
su vicio, se hinchan de orgullo por padecerlo.
Comienza el rito. Brota en el aire un amarillento humo que
invade. Salen a escena los hombres, con pasos seguros, firmes,
ralentando el movimiento para prolongar el éxtasis. Se encienden
las luces. La sangre corre violentamente por los cuerpos
enviciados. Hay una pausa, una suerte de profunda inhalación
conjunta. Toman sus instrumentos. Se miran. Y entonces,
explotan.